Todo buen viaje, es mucho mejor cuando comienza de manera improvisada. Mucho más, si se trata de viajar en bicicleta. En noviembre de 2022, mi amigo Manuel y yo, hablábamos sobre viajar a algún lugar aprovechando unos días libres y otros festivos en España, país donde residimos. No teníamos ni idea de a dónde, pero sabíamos que queríamos irnos. Para mí, serían las primeras vacaciones desde después de la pandemia. Desde entonces, entre trabajo, proyectos y otras cosas, no había tenido la oportunidad de disfrutar unos días libres para mí, para nosotros en este caso. Además tanto para Manuel como para mí, el ritmo de vida había sido complicado en los últimos meses, marcado por muchas decisiones importantes que habían supuesto grandes cambios en nuestras vidas. Ambos sabíamos que un viaje a cualquier lugar era necesario. Sabíamos que sería positivo para los dos.
No estaba en los planes preparar un viaje de bikepacking, menos aún cuándo estás entrando en el invierno en la región en la que vives. Al principio la idea era buscar vuelos baratos a cualquier parte de Europa, coger una mochila con lo justo, e irnos para allí como turistas. Si había suerte y desde esa ciudad encontrábamos otro vuelo barato a otra ciudad, podríamos viajar allí también. Así que entre búsqueda y búsqueda en la casa de Manu compartiendo una cerveza, él levantó la cabeza y dijo: – Espera, espera, espera!.
¿Y si nos vamos a Lanzarote con las bicicletas y la tienda de campaña? Hay vuelos realmente baratos en esos días…
No hizo falta pensarlo más.
Nos pusimos manos a la obra. Empecé a mirar posibles tracks y a diseñar algunos por mi cuenta. Lanzarote es la isla más nororiental de las islas Canarias y debido a su aspecto lunar moldeado por un paisaje volcánico, es uno de esos lugares que invita a perderse con la bicicleta. En pocos días estábamos camino al aeropuerto de Madrid, con dos bicicletas y el equipo necesario para recorrer la isla dentro de dos cajas. Recorrimos 300 km en coche hasta Madrid, y durante todo el viaje, la nieve y la lluvia no se separaron de nosotros. Experimentamos la maravillosa sensación de coger un avión solo con lo que llevas encima. Apenas una cartera, el teléfono móvil y la cámara de fotos. Solo un par de horas después comenzaba una aventura completamente nueva. Estábamos en Lanzarote, era un día soleado, y la temperatura era de 22 grados.

Comenzaba esa parte en la que tienes que desempaquetar la bicicleta, montar todo y asegurarte de que está lista para rodar. Tengo que añadir aquí, que para Manuel, este sería su primer viaje en bicicleta y su primera aventura de bikepacking, sin experiencia previa, y sin apenas entrenamiento en las semanas anteriores. Es verdad que no buscábamos recorrer distancias infinitas y desniveles infernales, pero sin duda, el extra de peso en la bicicleta, sería aún más si cabe, una verdadera aventura para él. El primer día, justo después de llegar, nuestra intención era rodar hasta la playa del papagayo y acampar la primera noche por los alrededores. Pero Lanzarote tenía otros planes (y no por ello peores) para nosotros. Las bicicletas tardaron en salir del aeropuerto y nos llevó un tiempo montarlas. Hay que recordar que era invierno en España y en las islas, nos quedamos sin luz sobre las siete de la tarde, así que recorrimos un trozo hacia el sur hasta Puerto Calero. Decidimos cenar algo y seguir de noche, por un camino costero en busca de un lugar donde colocar la tienda de campaña para pasar la noche. Como buen bautizo de bikepacking para Manuel, llegó un momento en el que tuvimos que portear la bicicleta para poder bajar a una playa que parecía el lugar perfecto para dormir.


El sol nos iluminó por completo al amanecer, mostrándonos que habíamos elegido realmente bien el lugar donde pasar la noche y nos regaló un despertar increíble. Recuerdo que le dije a Manuel que en su primera noche de bikepacking, casi se había terminado el juego. Lo que no sabíamos, es que poco después de comenzar a rodar esa mañana, el camino por el que tocaba ascender una montaña, había desaparecido debido a alguna tormenta, y acabamos rodando por el cauce seco de un río hasta que se hizo imposible y tuvimos que portear las bicicletas con carga durante aproximadamente dos kilómetros y medio. Pero como suele decir otro buen amigo mío, el gravel y bikepacking es aventura, y esto sin duda era parte del juego. Ese día recorrimos todo el suroeste y fuimos entrando en la parte norte de la isla por senderos en los que la navegación, en algún punto, era bastante complicada y adentrándonos en el primer terreno lunar que atravesamos de camino a Yaiza. Una vez allí, empezamos a divisar un paisaje lleno de contrastes, que sería lo que nos esperaba en la etapa siguiente, lleno de desniveles, cimas volcánicas, playas, ríos de lava solidificada y un sin fin de caminos que hacían que todos nuestros sentidos estuvieran siempre alerta.


A la mañana siguiente, visitamos la playa del golfo madrugando un poco. Recorrimos un tramo de carretera vacío para llegar a ella que parecía sacado de la película Parque Jurásico. El contraste del verde procedente de la poca vegetación existente, los tonos marrones y negros de la lava volvanica y un azul intenso del oceano hacian que ese recorrido en bicicleta fuera increible. Recuerdo que apenas hablamos durante ese tramo, y es que no hacían falta palabras. Solo sentir y disfrutar del momento. Encontramos la playa vacía, la disfrutamos un poco y seguimos nuestro camino en dirección a La Geria. Esta población es famosa por sus vinos, y cuesta creer que en un paisaje como este, pueda florecer la vid. Pero más alucinante aún, es pararse a pensar en cómo los humanos, ayudados de camellos, han modelado el terreno a lo largo de varias hectáreas, construyendo agujeros en el suelo rodeados de piedra volcánica que protege a esta planta del viento.



Rodar por allí, fue una de las experiencias más bonitas que he tenido viajando en bicicleta. Unos kilómetros después, estaríamos inmersos en el Parque nacional Timanfaya y los Volcanes. Apartándonos un poco de rutas convencionales, encontramos algunos caminos que aunque hacían el camino más largo, y en ocasiones nos llevaban a estar exhaustos, lo hacían más divertido y enriquecedor. Estábamos prácticamente solos, buscábamos un poco esa soledad, y no teníamos ninguna prisa por llegar a ninguna parte. Parábamos cuando queríamos tomar un café, o explorar algo a pie, y dormíamos allí donde creíamos que era un buen lugar para colocar la tienda de campaña. Ese día pedaleamos hasta Famara después de salir del Timanfaya, a través de una mezcla de caminos de arena de playa y grava volcánica. Famara es famoso por su playa enorme y la calidad de sus olas para los surfistas. Es una población con bastante gente, que recibe bastante turismo, pero una vez más decidimos alejarnos de las masas, volver a cambiar el restaurante por el camping gas y buscar refugio al final del paseo que continúa cuando acaba la playa, bajo el abrigo de sus enormes acantilados que caen directos al mar.

A la mañana siguiente, un café rápido frente a las olas, y rumbo a Teguise por un camino de grava zigzagueante que también nos sirvió de desayuno para las piernas. Una vez en Teguise, tomamos un descanso, para apreciar un café de verdad y un buen desayuno en uno de los bares de la plaza local. Teguise es un pueblo que merece la pena visitar. Tiene una curiosa arquitectura, de paredes blancas y un sinfin de puertas antiguas pintadas en su mayoría de color verde. Es un buen sitio para, al menos durante unos minutos, dar una vuelta por sus calles y dejarse empapar un poco de la cultura local.

Nuestro objetivo ese día, era llegar hasta Orzola, en el norte, desde donde tomar un ferry para cruzar a la isla de La Graciosa. Esta pequeña isla, está separada de Lanzarote por un recorrido en barco de apenas 25 minutos. Solo cuenta con una población y sus dimensiones no son muy grandes. De hecho, puedes recorrer la isla en bicicleta en apenas unas horas pero nosotros teníamos otros planes en La Graciosa. Llegamos al mediodía e invité a Manuel a comer pescado fresco en un restaurante local, ya que solo unos días antes de empezar el viaje, yo había cumplido años. Después del pescado y la cerveza local, recorrimos casi toda la isla. Apenas hay un par de caminos principales, y como siempre recorrimos aquellos menos transitados, incluso aquellos que no llevaban a ninguna parte. Y es que ir a ninguna parte aquel día, era parte del plan. Recorrimos uno de sus caminos hasta el final, con el oleaje del atlántico a nuestra derecha. Hubo un momento que nos detuvimos impresionados por el tamaño de las olas que rompían en playas de roca volcánica. Fue una especie de regalo y un tipo de espectáculo natural.
Acampamos esa noche en la punta situada más al suroeste de la pequeña isla, con vistas a los grandes acantilados de Famara, donde habíamos pasado la noche anterior. Estábamos completamente solos. Aprovechamos los últimos rayos de luz del día para pasear cerca de la orilla, cada uno con sus pensamientos. Preparamos una cena en un pequeño círculo de piedras que algún viajero anterior había dejado preparado allí, y después arreglamos el mundo en conversaciones profundas sobre hacia dónde va nuestra especie, el planeta, etc, hasta que la noche cayó del todo y un cielo estrellado espectacular se mostraba ante nosotros tumbados en la tienda de campaña con las puertas abiertas, y nuestra vista puesta en él.



Para cerrar nuestro último día de viaje, el amanecer allí fue épico. De nuevo, café, y barco de vuelta a Lanzarote. Lo que no fue tan épico, fueron los 45 km que nos separaban de Arrecife, nuestro destino, con el viento de cara y las bicicletas cargadas. Hasta ahora habíamos tenido suerte con el viento, pero este día, hubo momentos en los que como dijo Manu, aquello empezaba a parecer una broma de mal gusto. Finalmente llegamos a Arrecife. Disfrutamos de una ducha que ya echabamos de menos después de unos cuantos días de aventura, saboreamos un menú y nos relajamos la tarde anterior antes de preparar las cajas con las bicicletas para el viaje de vuelta. Ambos conversamos sobre lo que el viaje había significado para nosotros, como amigos de viaje y también en solitario. Los dos estábamos de acuerdo en que durante esos días, a veces sin darte cuenta, vas viendo las cosas cotidianas de tu vida de otra forma, y que en todas esas horas encima del sillín de la bicicleta aprendes a ver con más claridad los errores que cometemos a veces como personas y también vamos poniendo en orden todo aquello que durante mucho tiempo nos ha hecho sufrir mentalmente. En ese viaje me di cuenta además, de que conozco a Manu desde que éramos niños. Crecimos juntos en el mismo pueblo, y aun así, aquellos días juntos, aquellas charlas en una tienda de campaña o sobre la bici, me hicieron darme cuenta de que ahora volvíamos a estar conociéndonos como adultos. Y no solo el uno al otro, también nos estábamos conociendo mejor a nosotros mismos. Esta es una de las partes que más me gusta de viajar en bicicleta en solitario, o con amigos. Esa parte en la que conectas más contigo mismo, en la que valoras más, y que nos ayuda a convertirnos en mejores personas.
Solo por ese motivo, te animo a que salgas ahí fuera y empieces a viajar con tu bicicleta, porque además de conocer nuevos lugares y nuevas personas, vas a conocer una parte de tí que aún no conocías.
Carlos Cuezva.
@lademanda.cycling
